El café como espacio

Lo leí, no sé si será cierto, que los adinerados comerciantes turcos residentes en París ofrecían a sus invitados franceses una espesa y desagradable bebida.  Estos la tomaban por cortesía hasta que a una encumbrada parisina se le ocurrió llevar unos terrones de azúcar para hacer menos insufrible el amargo.  La mezcla de blanca con negro trajo excelentes resultados para el futuro de la bebida, que se popularizó rápidamente.

Rondando el siglo XVIII surgieron en toda Europa, pero principalmente en Viena, París y Londres, centros especializados en la preparación de la bebida, actividad en la que luego destacaron los italianos.  En torno al humeante brebaje surgió algo aún más interesante: el café convertido en espacio cultural.  Los miembros de la élite intelectual europea (p. ej. Voltaire) eran fieles concurrentes de los cafés, en los que surgía informal, desenfadada y fecundamente la articulación de un nuevo orden de ideas.  Desde la Ilustración, los cafés son agradables centros de intercambio (o sea de enriquecimiento).  Yo los aprecio, porque me proveen de un ambiente insuperable para el diálogo (de “di”, dos, y “logos”, inteligencia; lo que viene a ser intercambio de dos inteligencias).

Sirva esta notita para traer a mi mente a todos aquellos con quienes he disfrutado del café como experiencia intelectual.  De antemano pido perdón si se me escapa algún nombre.

Mario Archila, que siempre pedía limonada con soda, y Alfonso Alvarez y Alejandro Barreda, los tres compañeros de estudios; Mau Beltranena, María José de Mendoza, Milton Argueta, Fausto García, Carlos Estrada y Pilar Bonilla, colegas juristas; Joseph Cole y Christian Keetelar, representantes de las “ciencias duras”; Eduardo Fernández Luiña, con quien es un gusto hablar sobre la Unión Europea; Adriana Castellanos, que pone a prueba mis habilidades de consejero; Pablo Galindo, con quien las relaciones entre la normalidad psicológica y la norma jurídica siempre terminan aflorando en la conversación, no sin antes hablar de la falsación en la ciencia; y, más recientemente, Julio Salazar, estudiante de derecho, Luis Eduardo Barrueto, bloguero y estudiante de periodismo, y Juan Diego Guerra, estudiante de psicología.

A excepción de Mario Archila, no figuran aquellos que no suelen beber café o con quienes no he tenido el gusto de beberlo.  Tampoco, como es lógico, aquellos de los que infortunadamente no me acordé al momento de escribir estas líneas.

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