4:07 p.m.

Domingo de Resurrección, día en que inicia la Pascua.  Desde hoy, hasta Pentecostés, el tradicional Angelus es sustituido por una bellísima oración, el Regina Coeli.  ¡Es bella la liturgia de la Iglesia cuando es observada! Tanto, que aun los no creyentes harían bien en estudiarla para aprender la fuerza de los símbolos y el lenguaje del más sublime protocolo.  La Semana Mayor, que en este país es un buen tiempo de descanso, da para muchas cosas.  En mi caso, quizás el aleteo divino batió un poco desde mi interior, pero, debo decirlo, no fue para mí una semana espiritual, lo que no significa que no le haya sacado provecho.

Disfruté de la compañía de la familia, del paisaje y de la lectura.  De Domingo de Ramos a Jueves Santo estuve en la playa, que esta vez se presentó fresca y brumosa.  Su paisaje me fue delicioso para la vista y para el oído.  Como descansé de usar lentes (tanto de contacto como anteojos), el cielo brumoso lo vi aun más brumoso, al punto que durante esos días la nítida línea del horizonte se presentó a mis ojos difuminada, como una arruga gigantesca que se formara allá donde el mar se mete bajo el cielo.  Únicamente el último día, cuando de regreso a Guatemala me puse los anteojos, la línea se me presentó con su rotunda nitidez.  Fue sabroso haber descansado la vista, perdido un poco la precisión y casi unimismarme con la grandeza, salina, rugiente y estruendosa, del océano. 

Echado en una hamaca –y esto se repitió varios días– leí por largas horas que se me hicieron raudas, al punto de no apercibirme de su paso hasta no estar en la necesidad de encender la luz para leer más.  Nada, de Carmen Laforet, fue el primer libro que leí en la playa.  Su autora lo publicó antes de haber cumplido los 25, y con él ganó el Premio Nadal en 1944.  Es una novela muy humana, que narra perfectamente las peripecias vividas por Andrea, una joven que dejándolo todo da un salto hacia Barcelona, hacia la nada, para inicar sus estudios.  Es el salto al vacío de un corazón adolescente, una danza de ritmos marcados por las dinámicas de un alma que tiene que aprender a alternar entre distintos registros (la brutalidad de los parientes con quienes se hospeda, los amigos de la universidad).

Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, fue mi segundo libro.  El recientemente fallecido escritor profesaba unas ideas políticas que en nada comparto.  Para más señas, era comunista.  Ello no quita, empero, que como escritor haya sido fabuloso.  Su sentido del humor, irónico, por veces icástico, ha influido mucho en mí, al punto de sorprenderme a solas riéndome tras recordar algunas de sus puntadas.  Con este, son ya siete los libros que de él he leído.

Finalmente, Basta de historias, de Andrés Oppenheimer, quien con una prosa amena y abundante material estadístico, pasa revista al panorama de la educación en América Latina y otras regiones del mundo.  Finlandia, China, Corea del Sur, Singapur, Israel, Brasil, Uruguay, Perú, Colombia, Chile, Argentina, México y quizás algún país más que se me escapa, son contrastados observándolos a través del prisma de la educación.  Defino el libro como altamente informativo y retador.  De éste, me restan unas 30 páginas para finalizar su lectura.  El mismo adolece, eso sí, de un mal manejo de las tildes (sobrantes y faltantes) y de ciertos gazapos en la redacción, lo que para mí no es ninguna nimiedad.  Comprendo que la premura puede haber jugado su parte en esto de las tildes y, a la vez, me aterra que el público de habla hispana sea tan flojo con el manejo de su idioma que dé pie a que las editoriales no sean lo suficientemente cuidadosas en la preparación de los productos que le presentan.  ¿Ocurrirá lo mismo con las casas editoras alemanas y francesas? No lo sé, pero no lo creo.

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