Jálogüin

Ya empiezo a leer en Facebook las actualizaciones sobre Jálogüin.  “Que no.”, “Que no.”, “Que sí.”, “Que sí pero teniendo clara la intención.”, etc.

Sigo leyendo que se originó “Aquí.”, “¡No! Que se originó allá.”, “Que viene de los celtas.”, “Que si la Iglesia Romana…”, etcétera.

Yo no lo celebro porque me parece macabro, independientemente de su origen y significación metafísica.  No quiere decir que si mis amigos me invitan a cenar en algún lado no los acompañe.  Claro que voy, lo que no hago es disfrazarme.  Quizás ver algún disfraz chistoso me saque una sonrisa, pero, más bien, me parece un día sórdido.  Una vuelta al primitivismo (como también lo son el bendito “piercing” y la horrenda moda de los tatuajes –“¡ala, este tatuaje es pequeño y está muy bonito!”, “me da igual, para mí es algo vulgar, por no decirte algo peor.”–).  Jálogüin, que así me viene en gana escribirlo, es una exaltación de morbo necrofílico, un pésimo ejemplo para los niños, una nefasta importación, una innecesaria turbación de los sentidos.  En fin, una total porquería como tantas otras de las que consumimos a diario.  Bocanada de humo negro para los pulmones de la inteligencia.

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