Teatro de la paz feliz

Las únicas reglas que debiera uno seguir son las que permiten alcanzar la felicidad. Pero, al desconocer exactamente qué sea el objeto de la búsqueda, también habrán de desconocerse, por lo mismo, las reglas a las que ceñir uno su conducta enderezada a tan incierto fin. Por no saber estas reglas que tanto gustaría uno de conocer, se choca consigo mismo. Chocar consigo mismo es peor, incluso, que chocar todo el tiempo con los demás. Incluso, quizás, el choque con los demás obedece en la mayor parte de los casos a la volatilidad del propio yo confundido. Ese yo que se muestra firme como último recurso pero que, en verdad, está tan perdido como lo está un perro al bajar de un avión. Ahora bien, no puede admitirse este estado de desconcierto perpetuo, así que tampoco será admitido aquí. Por ende, hay dos opciones en la vida: las rutinas calmantes (rituales, tradiciones, orden, seguridades), que conforman el ciclo del adormecimiento mortal; o, dos, la pretensión de no buscar un fin pero disfrutar de un proceso, fuente ésta del optimismo y las quijotadas. Así, en el mundo las personas se agrupan en estos dos tipos, principalmente, y los primeros son dirigidos (que pueden ocasionalmente ocupar posiciones de directores delegados) y los segundos son directores verdaderos. Y existe un tercer grupo, el de los antisociales, al cual directores y dirigidos intentan prensar con la tenaza de las cárceles y de las herramientas de coacción. Esto, ¡y el teatro!

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